lunes, 23 de abril de 2012

COCHES SI, COCHES NO EN EL CENTRO HISTORICO (1)

Desde 1950 hasta hoy, el coche se ha convertido en símbolo de la independencia personal, estatus social, progreso y éxito. Durante años el grado de desarrollo de un país se medía por el número de automóviles  por habitante.

Consecuentemente, en nuestras ciudades todo se supeditó a facilitar el acceso en coche a todas partes. Las nuevas avenidas y calles se trazaron para admitir el máximo de vehículos, se redujo el ancho de las aceras y desaparecieron jardines y medianas para dejar sitio a más plazas de aparcamiento.

Años 50:  la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, mostrando la monumental urbanización central debida a Javier Goerlich y en la imagen inferior, la misma zona tras la eliminación de la obra anterior y su sustitución por el nuevo "simbolo del progreso": un gran párquing.

La plaza tras la reforma, que sustituyó la famosa "tortada" de Goerlich por una "gran nada" que  a día de hoy continua sin resolverse .
Por último, se construyeron gran número de parquings y centros comerciales con aparcamientos que hoy condicionan negativamente la posibilidad de reducir el tráfico urbano en los centros históricos.

La necesidad y exigencia de mantener el acceso al parquing de El Corte Inglés es uno de los principales escollos que los urbanistas encuentran hoy en Valencia para peatonalizar la emblemática calle de la Paz
Junto con las ventajas indudables que a nivel individual conlleva el desplazarse en automovil  (independencia  rapidez, comodidad, etc )  hay una serie de inconvenientes que su uso excesivo genera a nivel colectivo y que en los centros históricos se acentúan muy negativamente:

Contaminación del aire: El automóvil es el primer generador de contaminación y CO2 en la ciudad, polucionando el aire. Genera además un hollín que en las vías más transitadas se filtra al interior de las viviendas.

Contaminación atmosférica en Valencia

Deterioro de monumentos y edificios: Debido a esta contaminación las fachadas de la ciudad adquieren con los años una aspecto oscuro y deteriorado. Esto es especialmente notable en calles como la de la Paz, en Valencia, cuyas fachadas monumentales deben de ser restauradas cada diez años si se las quiere mantener en buenas condiciones.

La calle de la Paz, que en cualquier otra ciudad sería un paseo monumental, en Valencia se ve obligada a la servidumbre de tener que digerir todo el tráfico que se dirige al centro. El resultado es que la calle más bella de la ciudad se vuelve un lugar incómodo, molesto y ruidoso.
Alteración y desaparición de monumentos y edificios  de valor, para favorecer el tráfico: Dado el nulo valor que durante años se le daba al Patrimonio, no se vio inconveniente alguno en alterarlo radicalmente o hacerlo desaparecer para favorecer al tráfico rodado.

El Puente del Real de valencia, antes de su  desdoblamiento, para permitir mayor tráfico. Se ve en primer término el Palacio de los Mustieles, derribado porque tras la nueva obra del puente, impedía la adecuada circulación . 

Otra muestra de como se concebía la ciudad por los años 40 es este proyecto de Javier Goerlich para la plaza de la Reina. En él, se prevee el derribo de la iglesia de Santa Catalina para dejar sitio a una prolongación de la calle de la Paz, surcada por el tráfico. Solo se respeta la torre que queda como una especie de faro plantada en medio de la calle. Llama también la atención los abundantes vehículos que pasan junto a la Catedral, en lo que pretendía ser una visión idealizada de la plaza. 

Saturación física  del espacio: Dejados a su aire, los coches aparcan y circulan por todas partes, robando espacios en aceras y plazas al peatón, que al fin y al cabo debe de ser el auténtico rey de la ciudad.
A esto se añade que el ancho de las calles de nuestros centros, en responde a tramas mediavales o musulmanas, de trazado caprichoso, estrecho y desde luego en absoluto pensado para soportar un tráfico metido "con calzador".

Entorno monumental de la Lonja, saturado de vehículos.

Saturación visual: La presencia constante de coches deteriora la imagen de numerosas calles, plazas y entornos monumentales. No hay más que comparar la Plaza del Patriarca de Valencia, antes y después de su peatonalización. La presencia de coches empequeñece los espacios urbanos,  les resta nobleza y dignidad. Las plazas pasan de ser lugares de encuentro y relajo, en los que se disfruta del entorno y del momento, a zonas de tránsito y saturación, en las que siempre se tiene la sensación de estar de paso.

Antiguamente empleada como aparcamiento, la Plaza del Patriarca luce ahora la fisionomía de sus edificios y se ha convertido en un lugar  de relax para los vecinos.

Contaminación acústica: el ruido generado por el tráfico convierte muchas callles en inhabitables tanto para los que viven en ellas como para los que las transitan. Por muy nobles y hermosos que sean los edificios, si el entorno es ruidoso, pierde todo el encanto y atractivo que posea.

A otros niveles, la dependencia del coche propicia el sedentarismo ya que la gente acaban habituándose a tomar el coche para ir a la vuelta de la esquina  y aumenta el gasto energético y la dependencia de nuestro país de costosas importaciones de petróleo.

En la próxima entrada veremos las posibles soluciones al tráfico en el centro histórico.

                                                   JOSE PAYA ZAFORTEZA

4 comentarios:

  1. Qué interesante el artículo! Como valenciana me asombro de las barbaridades que se han hecho por claudicar al tráfico rodado, y que se siguen haciendo hoy en día. Como la "autopista" en la que se ha convertido la C/ Serrería, continuación de una ronda prevista rodeando la ciudad (es lo que tienen las "rondas") y que finalmente atraviesa la misma.
    Acabo de llegar de Barcelona, y aunque las comparaciones son odiosas, es inevitable alabar el tamaño de sus aceras, la peatonalización del Barrio Gótico y otras intervenciones que hacen que el peatón, como tú dices, vuelva a ser el rey de la ciudad.

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  2. yo lo que mas lamento del trafico en las ciudades en el ruido que generan, nos hemos acostumbrado a él, y a veces incluso nos pasa desapercibido, pero es una gran molestia.

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